Ojos de gata, calles desiertas…

“Tenía la piel canela más suave que hubieran acariciado jamás sus manos, se contoneaba desinhibida por el lugar, llevaba un vaporoso vestido naranja, a juego con su tono de piel bronceado,  entallado a su pecho y su cadera, era alta, morena y de pelo corto casi masculino  despeinado a propósito, su sonrisa era franca, de aquellas que embaucaban con una simplicidad y sinceridad aparentemente inauditas en aquellos tiempos; pero lo que realmente impactaban eran sus ojos, grandes y rasgados color aguamarina. Era demasiado real, demasiado pura, demasiado hermosa para compartir el lugar con el resto. Se contoneaba al ritmo de la música rock como  nadie lo había hecho nunca, con su sonrisa color marfil siempre entre sus labios rosados y mullidos. Un cuerpo de mujer que hacía parecer púberes al resto, una seguridad y tranquilidad aplastantes, era la primera mujer que le hacía suspirar en tanto tiempo…

No se cruzó con un mísero coche en todo el trayecto de vuelta, dejó a R en casa y continuó su camino, calles estrechas, iglesias centenarias, silencio casi sepulcral y calor, calor solo roto por pequeñas rachas de  brisa fresca de la madrugada. Su reloj marcaba las 5:30. Pasaba junto a un antiguo convento, los jazmines asomaban entre los barrotes y su olor impregnaba el lugar, damas de noche, jazmines y naranjos, algún motor de aire acondicionado, algún grillo clamando por atención, y el resonar de sus zapatos por el empedrado, una calle más, otra, mirando a izquierda y derecha y viendo solo más calles desiertas,  encaladas, peatonales algunas, otras tan estrechas que apenas cabría una persona, y el deseo indomable de correr, de salir corriendo entre ellas, de atravesar la judería a toda velocidad, recorrer sin rumbo y sin orientación cuantos metros encontrara, devorar asfalto y piedra hasta que su corazón volviera a latir desbocado, hasta que el aire le quemara en los pulmones y notara sus latidos en la frente y en las manos. Como única testigo la luna creciente.

No eres nadie si nadie te ve ¿acaso eso puede hacerte sentir mejor, saber que nadie te observa? ¿así nadie podrá juzgarte, hacerte sentir mal, abandonarte quizás? El único sonido ahora era su respiración agitada. No eres más que la ciudad dormida, susurraba, pequeña nevera para los sueños y las esperanzas, forzando que todo se mantenga siempre igual, ni bien ni mal. No seré yo quien te haga despertar, no sé siquiera si quiero huir una vez más, o quedarme y romper tus malditos empedrados con mis raíces. No sé si es síndrome de Estocolmo o amor sincero, como el que se tiene a un padre que te quiere, aunque te trate mal. Me agotas, me calcinas pero vuelvo a ti, me quemas cada vez que me acostumbro a tu implacable realidad, vuelves a hacerme Ícaro y fenix, vuelvo a amoldarme, se vuelve a parar el reloj. Ya estoy en casa, solo fue una noche más, de miradas felinas y turbia falsedad, no te dejes engañar Cruzavías, mañana esto volverá a empezar”

– Esta noche, la cita soy yo.

Un pensamiento en “Ojos de gata, calles desiertas…

  1. isharayar dice:

    Es usted un poeta, vecino.

    Esta frase: “no sé siquiera si quiero huir una vez más, o quedarme y romper tus malditos empedrados con mis raíces” ===> merece un aplauso 🙂

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