Disfraces…

He estado leyendo algunos de mis antiguos escritos y me he encontrado con que el tema estrella es la soledad. Desde muy temprana edad, casi desde que recuerdo, así es como me he sentido: rodeada de gente y siempre sola.

Debido a una infancia y adolescencia bastante difícil tanto dentro como fuera del colegio, ponerme la ya mencionada coraza de acero valyrio resultó ser una solución fácil. Yo era independiente, fría y calculadora (o eso pensaba yo) y me disfrazaba de una Seshatt siempre sonriente y siempre divertida. Supongo que todos tenemos un disfraz parecido, uno que sacamos a la calle todas las mañanas y nos lo ponemos para el jefe o para el mundo, llamémoslo moda, maquillaje o sonrisa… todo con tal de encajar. He conocido a muy pocas personas en mi vida que su yo fuera igual a su disfraz, personas con suerte y supongo que más sanas. He de aclarar que no hablo de falsedad en ningún caso sino de adaptación al medio, algo tan viejo como el mundo e inherente a la biología de las personas, según Darwin.

Mi disfraz se fue confeccionando puntada a puntada de una forma extraordinariamente fácil, poco a poco la tela de colores comenzó a tapar mis carencias y mis traumas, solo tenía que dejarme llevar y el ánimo por encajar en la sociedad haría el resto. Mi disfraz tenía una función clara, no me gustaba lo que había debajo y el disfraz era mucho más bonito. Los colores y las sonrisas eran mucho más aceptables y llevaderas que el oscuro pasajero que llevaba dentro atormentado por las despedidas y la culpa, o la falta de ella.

Sin embargo los disfraces tienen una desventaja: cuando son tan bonitos, no quieres que nadie los rompa. O lo que es lo mismo, no dejas que nadie acceda a tu yo verdadero porque sigues pensando que es feo y oscuro. Prefieres que se queden con el disfraz antes que tener que contar la verdad de tu vida, que quizá no sea un drama de novela, pero a ti te duele… y es feo, y oscuro.

Poco a poco me fui creyendo mi disfraz, bajé la guardia y comencé a moverme entre las telas de colores. Pero la vida no mejoró, y como ya he mencionado, uno no puede jugar con el destino porque cuando lo intentas llega él, da un golpe en la mesa y te demuestra quien manda. Y eso pasó hace casi cuatro años, dio un golpe tan fuerte que tembló mi disfraz, mi coraza de acero valyrio y lo que quedaba de mí. Desde entonces está todo desordenado, las telas de colores se mezclaron con mi yo, y mi coraza ya no sabe cuando está puesta o cuando debe ponerse y cuando no.

A mis años, que no son muchos, sospecho que yo soy la culpable de mi soledad, que mi coraza forjada en fuego de dragones ha hecho su trabajo mejor de lo que hubiera querido.

“Era un fantasma que vagaba por la vida como un mero espectador, ansiando formar parte de ella, pero demasiado asustado como para arriesgarse a sufrir. […] La armadura que le protegía en realidad rodeaba un cascarón vacío.”

Esperando mi tren…

Después de unos días caóticos, por fin tengo un momento para pararme a escribir y la primera reflexión que me llega es ¿y si he tocado techo? ¿Y si no puedo avanzar más?

Esta mañana me he despertado y he puesto música, una antigua amiga decía que cuando me ponía Revolver era porque estaba pasando una mala época, en aquél momento le resté importancia pues Goñi fue casi un gurú para mí en otro tiempo… ya sabemos qué pasa después con la industria. El caso es que mi Spotify dice que llevo meses escuchando las mismas canciones de Revolver, ahora sé que mi amiga tenía razón.

Son muchos meses viviendo sin objetivos, sin metas y casi sin sueños. Es mejor caminar que parar y ponerse a temblar, estrofa que llevo al pie de la letra, camino por la estación esperando un tren que puede haber pasado ya o que no pase nunca. Quizá esto es lo que soy, una pieza que no encaja en una sociedad tremendamente competitiva.

A veces parece que todo el mundo avanza en sus vidas, nuevos proyectos, nuevos destinos, nuevas compañías o nuevos trabajos. Y yo me quedo atrás, sigo sentada en la estación sin posibles para hacer nada distinto, esperando un tren que no llega.

¿Y si todo esto es lo que soy? ¿Y si no valgo para nada de lo que me había propuesto?

Si fuera así debería conformarme, pues nadie debe burlarse del destino. Puede que yo sea una pieza completamente prescindible, a la que recurre todo el mundo cuando no hay otra, y a la que todo el mundo olvida cuando ya no hace falta.

Una pieza muy frágil aunque se revista de acero valyrio.

Pero soy un gran guerrero, a veces casi un mercenario, que libra batallas de otros y después se pierde en los caminos. Pero lucharé con todas mis fuerzas para que el destino no tenga razón, no voy a abandonar nunca mi batalla y me demostraré a mi misma de lo que soy capaz.

Sólo hay una cosa que puedo asegurar: no volveré a anunciar mi rendición.