Aunque seamos malditas

Hay días en que todo se convierte en por ques, la resignación o la esperanza se preocupan por resolverlos, pero de repente nos vemos atrapados en una espiral de preguntas sin respuesta, adornada por cosas que podrías haber dicho o hecho y que no hiciste o dijiste. Cuántas veces habré dicho eso de “no se puede dar vueltas a un sinsentido”, pero predicar con el ejemplo es bastante complicado, sobre todo cuando los coleccionas desde ya ni te acuerdas cuándo.

Normalmente soy capaz de mantener a raya mi mente, enfocarme en otras cosas y dejar a los fantasmas en una habitación insonorizada donde no pueden hacerme daño, pero al fin y al cabo son mis fantasmas, viajan conmigo, me acompañan en el andén y rellenan mis maletas.

Es una noche silenciosa, sin estrellas al menos en mi parte del planeta, el calor es casi sofocante y los grillos entonan bajo mi ventana. Un coche pasa despacio y observo como se aleja, me quedo escuchando el silencio. Aun no sé por qué he abierto el editor de textos, incluso se me había pasado por la cabeza el no volver a escribir, pero aquí me ves…

Supongo que la gente no hace siempre lo que a uno le gustaría… cada uno tenemos nuestras formas de actuar y de pensar. La lealtad o el sentido de lo justo son cosas demasiado subjetivas. Siempre he dicho que uno tiene que ser capaz de distinguir, tenemos que ser capaces de saber de quién podemos esperar qué o qué no… pero a veces eso no es tan fácil…

¿El problema son los demás o soy yo? Sinceramente, llevo tiempo pensando que soy yo. Se dice que hay personas que nacen con estrella… otras nacemos malditas.
Con mi suerte, me habrían quemado por bruja en el medievo.

Me gustaría comprar el libro de mi vida… pasar rápido las hojas y saber ya de una vez como acaba todo, si vendrá el héroe o si quemarán a la bruja.

 

“Querer conocer el futuro es querer anular el tiempo, es llegar a la muerte prematura con demasiadas páginas en blanco.”

Rico, Eugenia. Aunque seamos malditas.

 

Esta noche mis fantasmas han salido a pasear, me habré dejado alguna ventana abierta…

Anuncios

C’est moi…

Un rato de silencio y tranquilidad… el momento justo para que las musas acudan a mi llamada y me ayuden a escribir algunas líneas. El blog lleva varios días parado, será que nuestras vidas están un poco más ajetreadas que de costumbre, pero aquí llego para dejar alguna reflexión de las mías…

Es curioso, ahora que solo escucho el sonido de mi teclado y que mi casa se ha quedado tranquila, me doy cuenta que adoro la soledad tanto como la odio y me duele tanto como la necesito.

Menuda paradoja…

No sé si solo me pasará a mí que soy algo rara y un poco asocial, no lo voy a negar, pero siempre me pasa lo mismo… cuando mi casa está llena no veo la hora de que se quede vacía, cuando estoy rodeada de amigos y el ambiente está un poco apagado, solo pienso en que tendría que haberme quedado en casa. Lo malo, es que también funciona en la otra dirección, cuando llevo días sola en casa o cuando llevo días sin salir por decisión propia, la soledad me abruma y me araña de una manera violenta e inevitable.

He de confesar que cuando la soledad se me acerca, lenta y silenciosa como una pantera, me siento a su lado y la acaricio, ella se acomoda, ronronea y se queda. El problema viene cuando comienza cansar, cuando se vuelve pesada y densa como el mercurio. Cuando todo se vuelve negro y el silencio se vuelve atronador. Ese es el momento en que comienzas a pensar el por qué le dejaste que se acomodara, porque esos instantes de alivio y relajación tienen un precio muy caro que pagar.

No hay ni una vez que me pase esto, que no diga, esta será la última. Pero seamos sinceros, nunca es la última, porque cuando llega es tan suave y tan agradable que se me olvida que se vuelve oscura y fea.   

Pura contradicción, oui c’est moi!

Ojos de gata, calles desiertas…

“Tenía la piel canela más suave que hubieran acariciado jamás sus manos, se contoneaba desinhibida por el lugar, llevaba un vaporoso vestido naranja, a juego con su tono de piel bronceado,  entallado a su pecho y su cadera, era alta, morena y de pelo corto casi masculino  despeinado a propósito, su sonrisa era franca, de aquellas que embaucaban con una simplicidad y sinceridad aparentemente inauditas en aquellos tiempos; pero lo que realmente impactaban eran sus ojos, grandes y rasgados color aguamarina. Era demasiado real, demasiado pura, demasiado hermosa para compartir el lugar con el resto. Se contoneaba al ritmo de la música rock como  nadie lo había hecho nunca, con su sonrisa color marfil siempre entre sus labios rosados y mullidos. Un cuerpo de mujer que hacía parecer púberes al resto, una seguridad y tranquilidad aplastantes, era la primera mujer que le hacía suspirar en tanto tiempo…

No se cruzó con un mísero coche en todo el trayecto de vuelta, dejó a R en casa y continuó su camino, calles estrechas, iglesias centenarias, silencio casi sepulcral y calor, calor solo roto por pequeñas rachas de  brisa fresca de la madrugada. Su reloj marcaba las 5:30. Pasaba junto a un antiguo convento, los jazmines asomaban entre los barrotes y su olor impregnaba el lugar, damas de noche, jazmines y naranjos, algún motor de aire acondicionado, algún grillo clamando por atención, y el resonar de sus zapatos por el empedrado, una calle más, otra, mirando a izquierda y derecha y viendo solo más calles desiertas,  encaladas, peatonales algunas, otras tan estrechas que apenas cabría una persona, y el deseo indomable de correr, de salir corriendo entre ellas, de atravesar la judería a toda velocidad, recorrer sin rumbo y sin orientación cuantos metros encontrara, devorar asfalto y piedra hasta que su corazón volviera a latir desbocado, hasta que el aire le quemara en los pulmones y notara sus latidos en la frente y en las manos. Como única testigo la luna creciente.

No eres nadie si nadie te ve ¿acaso eso puede hacerte sentir mejor, saber que nadie te observa? ¿así nadie podrá juzgarte, hacerte sentir mal, abandonarte quizás? El único sonido ahora era su respiración agitada. No eres más que la ciudad dormida, susurraba, pequeña nevera para los sueños y las esperanzas, forzando que todo se mantenga siempre igual, ni bien ni mal. No seré yo quien te haga despertar, no sé siquiera si quiero huir una vez más, o quedarme y romper tus malditos empedrados con mis raíces. No sé si es síndrome de Estocolmo o amor sincero, como el que se tiene a un padre que te quiere, aunque te trate mal. Me agotas, me calcinas pero vuelvo a ti, me quemas cada vez que me acostumbro a tu implacable realidad, vuelves a hacerme Ícaro y fenix, vuelvo a amoldarme, se vuelve a parar el reloj. Ya estoy en casa, solo fue una noche más, de miradas felinas y turbia falsedad, no te dejes engañar Cruzavías, mañana esto volverá a empezar”

– Esta noche, la cita soy yo.